A las seis de la mañana de un día normal, José, acompañado de Alberto, su padre; carga un mazo de aproximadamente 20 libras. Es su instrumento de trabajo para quebrar la roca y sacar por lo menos un bote de “piedrín” de las canteras de piedra ubicadas en la orilla del volcán Santa María. Enormes depósitos de roca que el coloso regaló en una erupción hace más de 100 años.
En el pensamiento de José subsiste la idea que los 10 quetzales que ganará por casi 11 horas de trabajo, serán para sufragar las necesidades de su familia.
Alberto está orgulloso de su hijo José, por ser “todo un hombre para trabajar”. Aunque desconozca o no quiera reconocer que la “ley prohíbe” que los niños menores pueden trabajar porque José solo tiene 10 años.
Él es el mayor de sus dos hermanos y nunca ha tenido la oportunidad de asistir a una escuela. Sus únicos amigos son los hijos de las familias que laboran en las otras “pedreras”.
Según Alberto, la labor en las canteras de piedra es una herencia de sus antepasados. “Mi padre me enseño a trabajar aquí, y hoy mi hijo tiene que hacerlo también”, comenta.
Las “pedreras”, no son más que terrenos áridos y con gran cantidad de piedra. Las condiciones de trabajo provocan que en el momento de producir “el piedrín”, las personas puedan sufrir desde enfermedades respiratorias por la gran cantidad de polvo, además de correr el riesgo de ser víctimas de un derrumbe.
El proceso para hacer piedrín, inicia con escarbar la mina para extraer la piedra, seleccionarla y posteriormente cargarla para transportarla al lugar adecuado para demolerla con el mazo que más o menos pesa la tercera parte del peso total del niño.
A ese esfuerzo físico, se suma la tarea de cargar la piedra desde el lugar en que se saca hasta el terreno en donde se quiebra, posteriormente levantarla para empezar a llenar el recipiente que tiene como meta completar durante el día.
En ese momento, la única protección de José para evitar la inhalación del polvo de la mina, es un pañuelo que su papá le compró. Un paño común y corriente con el que se tapa la boca y la nariz.
La necesidad económica obliga en muchas ocasiones a familias completas a trabajar sin percatarse de algún peligro o laborar en condiciones poco salubres.
Luis Pérez, propietario de una mina, comenta que muchas familias proceden de San Marcos o departamentos circunvecinos para solicitar una oportunidad de empleo. En algunos casos se contrata al papá y a la mamá, y que ellos “son los obligan a sus hijos mayores a colaborar con la tarea para ganar un poco más de dinero”.
Pérez dice que a cada familia se le paga un promedio entre 40 a 45 quetzales por cada metro cuadrado de piedrín que produzcan, y que por lo menos logran terminar un metro y medio al día.
Una familia que trabaja en ese lugar, por lo regular comprende a los papás y por lo menos un niño. El infante, sin la mínima oportunidad de tener un espacio adecuado para vivir y mucho menos de estudiar.
El coordinador del Programa Nacional Pro Derechos de la Niñez (Prondeni), Otto Armas, dice que la mayoría de niños trabajadores son explotados o impulsados por sus padres a trabajar, toda vez el dinero que ganen sea para el sustento familiar.
Armas comenta que aunque se esté en constante investigación para localizar a personas explotadoras de niños; éstas, han sabido esconderse para evitar ser atrapadas.
Tal es el caso de un grupo de miembros de la Procuraduría General de la Nación (PGN), que se escapó ser linchado por vendedores informales y otros trabajadores de la calle, en el intento de rescatar a varios niños que eran explotados por personas mayores en un sector de la zona tres de Quetzaltenango. “El hecho ocurrió hace años, pero no cabe duda que esas personas están bien organizadas para evitar nuestro trabajo”, dice la delegada departamental de la PGN, Julia Pastor.
Cifras
En los análisis que ha hecho el Programa de Niñez y Adolescencia Trabajadora del Centro Ecuménico de Integración Pastoral (Ceipa), ONG que trabaja en pro de la niñez desde hace 17 años; se tiene el registro que un promedio de 250 mil niños y adolescentes trabajan a escala occidental.
Elida García, de Ceipa dice que en Quetzaltenango, Totonicapán y San Marcos se concentra el mayor número de niños trabajadores, debido a la extrema pobreza que sufren los pueblos circunvecinos a esos departamentos.
En las diferentes categorías de trabajo, Ceipa tiene registrados dentro de sus programas a un promedio de mil 22 niños. Pero específicamente en el trabajo del piedrín dicha institución reporta un promedio de 700 infantes que ya tienen una beca de estudios.
La vulnerabilidad de la niñez es otro factor que influye para que no puedan exigir como lo haría un adulto, además de la desavenencia de ser “manejables” por el simple hecho de ser niños o adolescentes. Esto da como resultado que de ellos se obtenga mano de obra barata, “la gente se aprovecha de esa condición vulnerable de la niñez para poder explotarlos”, dice Elida.
En la legislación de Guatemala, la constitución política en conjunto con los tratados internacionales ratificados, prohíben el trabajo infantil hasta los 14 años. Además se preceptúa que el trabajo para los infantes debe ser acorde a su edad y capacidad física. Con el beneficio del sueldo conforme a lo que establece el código de trabajo
Solución
En la actualidad no se habla de eliminación, sino de reducción o disminución al problema, comenta Elida.
Hoy día, Ceipa ha creado becas para los niños y adolescentes trabajadores. Según la ONG, se intentan crear las condiciones para que ellos puedan estudiar o tecnificarse en otra área para lograr una mejor condición de vida.
Para Ceipa, la medida no es recoger a los niños e internarlos en una guardería o acusar a los padres y “meterlos a la cárcel”, la estrategia debe ir más allá, con planes en donde se tenga la organización completa del estado.
Crear políticas públicas dirigidas a la niñez, ayudarían a reducir el trabajo infantil. “El país que hace que sus niños trabajen, es un país sin conciencia”, concluye Elida García.
Es innegable que trabajo infantil y pobreza son dos realidades que van de la mano y que se alimentan mutuamente.
La lucha contra la pobreza debe ser un primer paso importante para encarar el problema que constituye la explotación laboral de niñas, niños y adolescentes en la región.
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Cuando los adultos dejen de ser tan ignorantes y se vuelvan tan inteligentes como un niño, realmente la niñez encontrara la verdadera felicidad.
TENEMOS QUE EMPEZAR NOSOTROS A SER UN BUEN EJEMPLO COMO PADRES, DEBEMOS DE TRABAJAR LO MAS QUE PODAMOS Y NO CASTIGAR A NUESTROS HIJOS CON NUESTRA IGNORANCIA Y PARTE DE SER IGNORANTES ES QUE SOMOS CONFORMISTAS, LA POBREZA SE TERMINA CON LAS GANAS DE SUPERARSE Y TRABAJAR DURO POR EL BIEN DE NUESTROS HIJOS.
PORQUE SEGUIR CON LAS MISMAS TRADICIONES?
FELICIDADES POR LA NOTA Y GRACIAS POR COMPARTIRLA.